28 de noviembre de 2008

Capitulo II del libro "Política, Politiquería, Demagogia"

"SER MILITAR Y SER GOBERNANTE"

Se podría pensar que, para quien haya decidido dedicar su vida a la carrera de las armas, la política representa una actividad que en cierto modo le es indiferente. Ello quizás pueda tener alguna razón en lo que se relaciona con el episodio contingente; pero, en ningún caso, puede el militar permitirse permanecer impasible ante las grandes decisiones históricas que afectan el destino de la Patria. Como soldado de Chile, vi y viví con inquietud lo que en el país sucedía en los últimos lustros en que dominó el partidismo y, sobre todo, temí la tragedia que podría consumarse cuando el Partido Comunista consiguiese el poder a través de Allende.

Preocupado por aquella realidad que había palpado en mis primeros años de oficial, y que tanto me inquietaban, me pregunté muchas veces por mi posición como soldado de Chile, y, de modo especial, por mi responsabilidad en aquellos momentos. Veía no sólo cómo la institucionalidad había sido deteriorada, sino que, más aún, cómo los hechos traspasaban diariamente, ante la impotencia general. Y, lo que es peor, asistíamos a la preparación de un cruel enfrentamiento entre compatriotas, alentado abiertamente desde el extranjero. Nadie escuchaba ya la voz de la razón y de la armonía. Todo era consignas, imágenes ajenas a nuestra realidad y voces agresivamente altisonantes. La politiquería hundía a nuestro país, mientras los sectores más humildes sufrían las peores consecuencias de la crisis total en que Chile se debatía. A eso habíamos llegado en nuestra Patria... ¡Y a eso había que ponerle término!

Producido el Pronunciamiento Militar, el 11 de septiembre de 1973, e investido, desde esos instantes, de tan altas responsabilidades de Estado, me he detenido en no pocas ocasiones a meditar lo que para mí a significado asumir paralelamente dos papeles que, a mi modo de ver, si bien son distintos en la formalidad de su definición, no obstante convergen en el fin último. Me refiero a ser gobernante y ser militar al mismo tiempo.

La vida militar me preparó, primero, para entender cabalmente, que ninguna institución puede funcionar en buena forma si existen en su seno el caos y la anarquía. Deben, en efecto, darse jerarquías, funciones y responsabilidades. En una palabra: orden. Aprendí que ese es un requisito fundamental para que la organización sea eficaz, y aprendí, también, que cada componente de esa estructura, idealmente, no debe fallar en la ejecución de sus responsabilidades. Es decir, en la vida militar se vive, quizás con mayor claridad formal que en otra parte, en permanente dinámica de mandar y obedecer. ¿Y acaso sucede algo demasiado diferente en cualquier otra actividad? En todo caso, quien manda debe saber hacerlo. A su vez, quien obedece, en consecuencia, no puede escapar a la misma dinámica. Todo esto tiene que establecerse en la comprensión cierta de qué es la organización militar. En ella, quien no sepa mandar, no sirve. Y quien no sepa obedecer, tampoco sirve. Por lo demás, y aunque resulte un tanto drástico decirlo así, en la vida, la persona que resulta más inútil es aquella que no sabe ni mandar ni obedecer, Creo que para poder ejecutar bien el mando es imprescindible haber aprendido a obedecer. Y a obedecer en plenitud, en forma comprometida, sin vacilaciones. Es mal jefe, por lo tanto, quien haya sido mal subalterno. En resumidas cuentas, el saber mandar y saber obedecer son instancias de la vida militar que pueden diferir sólo en meras cuestiones de forma en su proyección a la sociedad en general. En todas partes deben darse jerarquías y mando. Y en todas partes, por lo tanto, existirán personas con mayor o menor capacidad para ser útiles según su función.

Así, cualquiera que sea la organización social; básicamente debe conformarse con una cierta jerarquía. Jerarquía que debe estar en función de un real consenso, con una búsqueda auténtica del bien común.

No debe repetirse el hecho de que minorías controlen y manejen decisiones- como aconteció en el pasado- o que éstas provengan desde el exterior. Una democracia debe sustentarse en un respeto jerárquico.

Valgan estos alcances previos para referirme a algunas cuestiones que han ocurrido en Chile, y que he visto aflorar desde que asumí la función de gobernante.

Sufrimos en Chile todo un proceso movido por la demagogia de uno u otro estilo. Proceso cuyo fin era siempre el mismo, a saber: el permanente cuestionamiento de las jerarquías, de la autoridad y sobre todo el sistema mismo, para finalmente intentar destruirlo. O sea, emergió un " pensamiento crítico" – más exactamente, un pseudo pensamiento crítico- destinado a crear las condiciones propicias para el avance del Partido Comunista. Esto pudo llevarse a cabo bajo la inspiración de los comunistas, la complicidad tácita de otros y la ingenuidad de terceros. La consigna era que todo debía ser cambiado. Y para ello, de modo no tan subliminal ni delicado, se dejaba vislumbrar la idea amenazante de que previamente era imprescindible aniquilar lo existente. De ahí toda efervescencia, que los marxistas procuraron propagar, no sólo en las universidades, sino que también en la Educación Media y quizás más abajo, llegándose incluso al intento de convertir la educación nacional en un adoctrinamiento socialista. El Partido Comunista y otras colectividades dispusieron de un número suficiente de activistas para impulsar inquietudes en la juventud, muchas de ellas absolutamente legítimas, que ellos se encargaron de desviar hacia los intereses y fines partidistas.

Así fue desarrollándose el proceso chileno al que nuestro Gobierno puso término. A cualquier hombre que vista uniforme no le resulta difícil reconocer los elementos estratégicos de la acción política. Y, de ese modo especialmente claro, la ofensiva del Partido Comunista, que obedece a las instrucciones que Moscú proyecta por el mundo.

Los militares entendemos aquella permanente acción de guerra en que se encuentra el comunismo soviético. Y por ello, quizás, somos el mayor obstáculo para la acción imperialista de la URSS.