22 de julio de 2009

Diego Portales

El verdadero Diego P ortales
Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador
P arte 1
Situación del país antes de P ortales
Talvez dos de los estudios más interesantes sobre
Diego Portales sean los del general Manuel Barros
Recabarren, de la Academia de Historia Militar, y
de don Jaime González Colville, de la Academia
Chilena de la Historia , que principalmente han
guiado mi análisis de la actuación del prócer, que
hoy entrego a mis lectores, como una modesta
pero firme defensa de la verdad histórica y de la
honra de un hombre fallecido hace ya 168 años,
cuya ilustre memoria ha estado siendo difamada
en estos días por intereses políticos coyunturales
que en todo caso tienen un fondo de odiosidad
bicentenaria que se anida en algunos sectores
socialmente resentidos de nuestra patria.
Bueno será empezar por echar un vistazo a la
situación del país antes del período político de
Portales que Barros describe como un período de
prueba, desde 1823 hasta 1830, de intranquilidad
y zozobra.
En efecto, el gobierno de O'Higgins había sucedido
inmediatamente a la guerra de la Independencia.
El país que atravesaba una crisis tan honda y
peligrosa como es el tránsito del vasallaje a la libertad; que carecía entonces de toda
experiencia política y hasta del personal más indispensable para ejercer las delicadas
funciones de la legislatura y la administración; que debía improvisarlo todo, hasta la
empresa magna de llevar al exterior la guerra contra la dominación española, no podía
aspirar a implantar, desde luego, aquellas instituciones democráticas que eran un lujo
de pueblos envejecidos en la dirección autónoma de sus propios destinos.
En el orden constitucional fue la utópica y complicada Constitución de 1823 de Juan
Egaña Risco, fracasada antes de llevarse a la práctica, sin embargo, fue el primer
texto que proporcionó una definición de "Fuerza Pública", diciendo: "La Fuerza del
Estado se compone de todos los chilenos capaces de cargar las armas: mantiene la
seguridad interior y la defensa exterior" Art. 225. "La Fuerza Pública es obediente,
ningún cuerpo armado puede deliberar" (Art.226), fue enseguida, el ensayo federalista
de José Miguel Infante Rojas de 1826, que ni siquiera alcanzó a formularse en una
Constitución, pero cuyos primeros resultados bastaron para evidenciar su
inadaptabilidad a las condiciones étnicas, geográficas, históricas y políticas de nuestro
país, fue por último, la Constitución Liberal de José Joaquín de Mora de 1828 que,
aparte de varias disposiciones que habían de chocar con poderosas y respetables
corrientes de opinión, erigía un poder público inerme y vacilante, frente a un país
desordenado y dividido, que reclamaba como primera condición de sus instituciones la
plena eficiencia de la autoridad.
En el orden político fue la desorientación de un personal dirigente sin experiencia e
infeccionado de utopías tan generosas como inaplicables; desorientación que dio por
resultado la ineficiencia del gobierno y del estado de intranquilidad pública
permanente.
Semejante predisposición revolucionaria se había producido y desarrollado, no sólo
por la falta de verdadero y sólido prestigio en los gobernantes, sino principalmente por
su absoluta lenidad en reprimir acciones revoltosas. La impunidad de todos esos
hechos, podía darse por descontada y no hay nada que estimule tanto el espíritu
Diego Portales Palazuelos, cuya acción fue
decisiva en la etapa fundacional de la Patria
y cuya visión estratégica permitió la
victoria de las armas chilenas en Yungay.
sedicioso como el saber que sus actividades si tienen éxito conducen al poder, y si
fracasan, no exponen a ninguna sanción.
La ineficacia de su acción se traducía, como era natural, en consecuencias prácticas
desastrosas, pues mientras las hordas de bandoleros, capitaneadas por los Pincheiras
(Antonio, Santos, Pablo y José Antonio) sembraban impunemente la inseguridad y el
terror desde el Cachapoal hasta el BíoBío,
en la propia capital se cometían en un sólo
año ochocientos asesinatos, cifra que, atendida la población de aquel entonces (un
millón de habitantes), resulta inverosímil para cualquier ciudad civilizada.
Por otra parte desde 1823 a 1826, la marcha de la República había sido vacilante y
dificultosa, el General Freire, a pesar de su popularidad y de su heroico valor militar,
no pudo empuñar con mano firme las riendas del gobierno, y débil y perturbado a
cada instante por las oscilaciones y vicisitudes de los partidos, había entregado el
poder a gobernantes interinos, para volver a tomarlo como consecuencia de
intentonas revolucionarias.
En el orden militar durante el período en comento, espacio temporal comprendido
entre la abdicación de O'Higgins, enero 1823 a 1837, encontramos, según la causa
que los origina dos ciclos sucesivos de motines y conspiraciones, así desde 1823 a
1827, predomina un origen que podríamos señalar como estrictamente militar,
atribuyéndose los motivos a problemas que agobian al Ejército como: bajos sueldos;
cancelaciones de éstos atrasados; destinos no aceptados, despidos arbitrarios y
movimientos de partidarios del retorno al país del Capitán General Bernardo
O'Higgins.
En el período 1833 1837
predominan los movimientos instigados por civiles y
oficiales dados de baja después de Lircay.
Entre ambos ciclos se extiende un momento de extrema efervescencia política, son los
años 18281829,
con la participación de conspiradores civiles, movimientos, para la
época, de grandes unidades de tropa, y guerra civil al dividirse el Ejército. Triunfante
el sector tradicional, se produce una definición política, se afianza la República
Conservadora, que en los años 1836 y 1837 supera el último rebrote militarista y
liberal; el Motín de Quillota.

El verdadero Diego P ortales
Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador
P arte 2
P ortales, el Hombre
El estadista que como lo señala Barros, ha sido
considerado el organizador de la república, nació en
Santiago el 15 de junio de 1793 y murió alevosamente
asesinado en Valparaíso el 6 de junio de 1837, es decir
9 días antes de cumplir los 44 años de edad. Fueron
sus padres don Josef Portales Larrain y doña María
Palazuelos, ambos de noble estirpe.
En 1808 ingresó al Real Convictorio Carolino de Nobles
de Santiago y en 1811 la Universidad de San Felipe le
concedió el grado de Bachiller en Filosofía, después de
los estudios regulares que había cursado de 1808 a esa
parte.
Hasta 1811 el estudiante fue fruto natural de las
instituciones docentes legadas por la Colonia; pero en
1813 se fundó el Instituto Nacional, con el que
ostensiblemente la porción patriota de Chile quería
romper el marco escolástico colonial para campear por
sus propios fueros en materias escolares. Pues bien, el
joven Portales fue matriculado allí becado, para estudiar derecho natural y de gentes.
El hogar del padre de Portales , Superintendente de la Casa de Moneda, poblado con
veintidós hijos, era noble y de refinadas maneras, pero carecía de fortuna. La
educación de Portales se facilitaba con aquella beca. El destino de la guerra quiso, sin
embargo, otra cosa. Portales se matriculó el 30 de agosto de 1813 y ya el 17 de
diciembre de 1814, caída la Patria Vieja, el Instituto Nacional fue cerrado con
estrépito, como creación del "Gobierno Intruso", y sus estudiantes dispersados a los
cuatro vientos. Su padre se empeñó en que se recibiera de abogado, pero ya Portales
tenía otro norte en su inquieto cerebro.
La silueta de Portales se destaca vigorosa sobre hondos y sugestivos contrastes, el
muchacho indisciplinado de las aulas del colegio resulta después el gobernante que
mejor encarna en Chile el principio riguroso de autoridad y el orden severo de la
administración. Su primer contacto con el gobierno lo establece un cuantioso asunto
comercial: El monopolio de los estancos de los tabacos, conferido a la sociedad que
representa.
Veamos brevemente en qué consistía este monopolio: En un contrato firmado el 20 de
agosto de 1824, entre el Ministro de Hacienda don Diego José Benavente Bustamante
y la firma Portales, Cea y Cía. en que le es adjudicado a esta última el monopolio del
tabaco, naipes y licores por el término de 10 años, quedando comprometida la casa a
pagar en Londres los dividendos e intereses del empréstito chileno de $ 5.000.000,
ascendentes a $ 355.255 anuales de la época; y en Santiago a la Caja de Descuentos,
la suma de $ 5.000 anuales.
Este negocio fue muy criticado entonces y el 6 de septiembre de 1826 el Congreso
declara caducado el contrato y lo transforma, sin embargo, en importante fuerza
política. En su torno se forma el partido llamado de los "Estanqueros", y al poco
andar, Portales se convierte en el prototipo del mayor desinterés (al término del
contrato tenía un saldo a favor de $ 87.260 mas medio real, que nunca cobró). Se
consagra en cuerpo y alma a servir a su patria, sin cobrar sueldo alguno, ni cuando
pierde su fortuna. Insistentemente se rehúsa a aceptar las más elevadas posiciones;
dimite la Vicepresidencia de la República en dos oportunidades; puede ser Primer
Magistrado de la Nación, y no lo desea.
Constanza Nordenflycht
18081837
Portales era un pragmático absoluto, que contemplaba el mundo tal como es, sin
fantasía ni ilusión; que así lo describía; y que actuaba conforme a ese conocimiento.
Lo caracterizaba, por lo mismo, una veracidad extrema; no conocía el uso de la
demagogia, que detestaba con toda su alma. Hablaba las cosas sin tapujos; además
de intrépido y sagaz, era franco hasta lo inaudito. Su Epistolario Privado toda
una
documentación psicológicaestá
repleto de expresiones sumamente crudas, como no
se encuentran en ningún hombre público de su talla en América.
Repudiaba todo lo convencional, todo lo hipócrita; tenía una asombrosa seguridad
frente a todas las situaciones. No trepidaba en dar solución inmediata a todo
problema que se le presentara, sin dilatarla un solo instante. No teorizaba sobre las
cosas: actuaba frente a ellas. No hablaba: hacía, daba soluciones, realizaba. Era en
todo sentido eminentemente positivo, jamás negativo. No conocía, como estadista,
amigos ni familia, ni accedía a empeños o favores. Era de asombrosa actividad, lo que
se manifestaba ya en sus ademanes: caminaba siempre de prisa y hablaba con
vehemencia. Fue siempre el primero en dar el ejemplo de lo que exigía: no pidió
jamás gratitud o reconocimiento.
No hemos agotado todavía, ciertamente, los contrastes de su rica naturaleza.
Temperamento voluptuoso, inclinado en la intimidad a las fiestas y francachelas,
evidencia desde el gobierno una autoridad casi ascética.
Como hombre inteligentísimo, conocía sus limitaciones, sabía perfectamente que no
era posible que lo realizara todo. Fue por eso que procuró, en primer lugar, formar un
buen equipo de gobierno. Es indiscutible que la creación que realizó sólo fue posible
porque trabajó en conjunto con Prieto, Tocornal, Rengifo y otros. Uno de los mayores
empeños consistió en descubrir hombres capaces, de cualquier procedencia social.
Por la misma razón fue un enemigo declarado de la mediocridad: De esa mediocridad
a toda prueba, aplastante, asfixiante, nihilista, que, en aquel entonces como ahora,
oprime a este nuestro querido Chile: Que tiene sus emisarios en los Ministerios, en las
Direcciones Generales, en toda la inmensa e inútil burocracia.
Decía Portales que "el santo estado del matrimonio, era el santo estado de los tontos".
Sin embargo reconocía que él había sido uno de los "tontos" más felices, a pesar de
todo. Se casó el 15 de Agosto de 1819 con su prima hermana Josefa Portales Larraín,
y tuvo la desgracia de ver morir a sus 2 hijas al nacer. Su propia esposa falleció al
poco tiempo, en 1821, y con cuatro mil pesos que le obsequió don Santiago Larraín abuelo
de la extintainició
sus actividades comerciales.
Pronto se trasladó al Perú, donde sus negocios prosperaron al mismo tiempo que sus
conquistas limeñas. De regreso a Chile, a comienzos de 1823, seduce a una joven
aristócrata de 16 años, María Constanza Nordenflycht Cortes y Azúa, huérfana de un
noble alemán y sobrina nieta de la marquesa de Cañada, hermosa de altos abolengos
y cuantiosa fortuna. Después de catorce años de amores a medias, con tres hijos:
Rosalía, Ricardo y Juan Santiago e infinita resignación, mal comprendida por su
amante y excluida de su medio social, la muchacha cayó enferma al imponerse que
Portales había sido bárbaramente masacrado. Cuarenta y siete días después, el 23 de
julio, Constanza dejaba este mundo presa de extraño mal. Tenía apenas veintinueve
años.
La justicia supo resolver el caso fuera de código de esta pareja: a la muerte de Diego
Portales, tomando el gobierno una determinación única en la historia. Por rescripto
del Presidente Prieto, de fecha 31 de agosto de 1837, legitimó los hijos de quién había
fortalecido la República.

El verdadero Diego P ortales
Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador
P arte 3
La convulsionada situación políticomilitar.
P rimer período ministerial de P ortales.
Portales empieza a actuar activamente en política a la edad de 31 años: Fue digamos,
el alma de la revolución que culminó con la Batalla de Lircay, en 1830, ganada para la
causa del Partido Conservador.
Asume como Ministro del Interior; Relaciones Exteriores; Guerra y Marina, el 6 de abril
de 1830 y los sirvió efectivamente hasta el 31 de agosto de 1831, período en que en
su calidad de Jefe efectivo del Gobierno, emprende la difícil tarea de devolver el orden
al país. Después de Lircay, el Bando Pipiolo se disuelve, no por la derrota, sino por sus
propios fracasos. Portales no pretendió aplastar la oposición, pues estimaba que era
necesaria para la marcha regular de un gobierno.
Por otra parte, el General José Manuel Borgoño quiso institucionalizar el espíritu de
disciplina castrense y como Ministro de Guerra del General Pinto (02.07.182725
.04.1829), preparó una Ordenanza Militar que Portales puso en vigencia cuando
asumió el Ministerio.
Así fue como en Chile llegó a ser una cuestión de honor militar el sometimiento al
poder Constitucional. La misma revolución de 182930
es el resultado de una
cuestión de interpretación de la Constitución, lo que en sí mismo representa su
reconocimiento como Ley Superior.
En todos los parlamentos del período hubo militares elegidos por el voto popular para
participar en las deliberaciones que formaron nuestros primeros textos
constitucionales, 5 en el de 1822; 11 en el de 1823; 6 en el de 1824; 6 en el de
1826; y 5 en el de 1829. Nadie puede extrañarse con tal hecho, puesto que los
ciudadanos capaces de asumir tareas escaseaban en los primeros años de la república
y el ejército era una de las pocas escuelas de formación cívica en esa época. Además
era la única estructura institucional que cubría todo el territorio sometido al poder
central. Su influencia, pues, sólo tenía parangón con la que ejercía la iglesia. Pero,
recordemos que el clero se pronunció mayoritariamente contra la independencia y,
aunque hubo algunos clérigos patriotas que integraron los primeros parlamentos, fue
sólo a contar de la derrota definitiva de los realistas cuando vienen a asomarse a la
república, constituyéndose en otro factor que determinara la estabilidad política de
que se gozó en Chile desde Lircay en adelante.
Es en este momento (1830) en que se impuso la receta política de Portales: La base
real sobre la cual podría fundarse un régimen político en Chile, era la oligarquía
conservadora, la iglesia y el ejército.
Analizaremos someramente las dos primeras variables, para profundizar con el
general Barros en la última (ejército) con la visión de que dado el nivel de desarrollo
social y cultural de la sociedad chilena en aquella época, el gobierno sólo podía
sustentarse en la colaboración de los sectores que dominaban la propiedad agrícola y
que poseían la cultura necesaria para asumir responsabilidades del gobierno.
Portales, que por entronque familiar pertenecía a dicha clase, se distanciaba mucho de
los rasgos psicológicos de la aristocracia criolla. Pero comprendía que sin su
colaboración y sin su sometimiento a la ley no sería posible fundar un régimen político,
que pudiera evolucionar hacia la modernidad, de allí que incorporara a personalidades
representativas de este sector al gobierno que surgió de Lircay y que una de sus
primeras medidas fuera el restablecimiento de los mayorazgos, suprimidos por la
constitución de 1828. Esta institución terminaría por desaparecer bajo el gobierno de
Manuel Montt Torres.
En lo referido a la iglesia, aunque Portales mismo era un escéptico en materias
religiosas, con respecto a ésta desarrolló una política conciliadora orientada a olvidar
los conflictos que pudieran mantener resentimientos de la época.
El tercer factor determinante en el proyecto político de Portales era el propósito de
someter al ejército a la disciplina del mando jerárquico y a este al del gobierno. Para
lograrlo era inevitable asociar a los militares vencedores en Lircay al nuevo régimen y
excluir de las filas castrenses a los generales, jefes y oficiales que participaron en la
defensa del gobierno pipiolo.
Es así como la medida afecto inicialmente a 132 oficiales llamados a retiro, sin
derecho a pensión, y que en su mayor parte dice
Francisco A. Encinaeran
jefes y
oficiales cuya exaltación de ideas, como ocurría respecto a Pedro Barnechea, o cuyos
compromisos políticos como era el de Ramón Freire, Benjamín Viel, José Rondizzoni y
otros hacían incompatible su presencia en las filas con el nuevo concepto de la
obediencia pasiva a las autoridades constituidas.
También hubo otros, como los generales José Manuel Borgoño, Francisco de la Lastra;
Francisco Javier Calderón y Juan Gregorio las Heras, que sin tener ese pasado habían
perdido su condición el 27 de marzo anterior, por no haber querido prestar
reconocimiento y obediencia al Congreso de Plenipotenciarios recién instalado. Aún
siendo mas moderados, también se les consideraba potencialmente peligrosos para el
futuro. Más tarde, el propio general Francisco A. Pinto integraría la lista, ya que por
Decreto del 26 de Mayo del mismo año, Portales estimó conveniente incluirlo.
Las bajas militares fueron complementadas con destierros y prisiones. El primer caso
afectó al propio general Freire, quien inicialmente fue condenado a muerte, por un
Consejo de Guerra, salvándose del patíbulo gracias al ascendiente y capacidad del
eminente jurisconsulto y magistrado don José Domingo Amunátegui Muñoz (padre de
Miguel Luis, Gregorio, Víctor y Manuel Amunátegui Aldunate), mientras que la segunda
medida (seguida también de destierro) se aplicó en agosto de 1830 a connotados
simpatizantes pipiolos, como José Santiago Muñoz Bezanilla; Melchor Ramos y Félix A.
Novoa, suscitando un primer conflicto con la Corte Suprema.
Como la historia de Chile lo ha comprobado repetidamente, el despecho y la
frustración de exmiembros
del ejército, han servido de vehículos adecuados a
ambiciones políticas, que, para sus fines de poder usan a éstos, en sus aventuras de
carácter subversivo o ilegales, y, fracasados éstos, se marginan de sus
responsabilidades culpando a los exuniformados
de los hechos, los que a su vez,
cargan con todas las culpas. Eso sucedió después de Lircay. Hay una enseñanza actual
en estos sucesos; los cantos de sirena, son ilusiones falsas que están condenadas al
fracaso desde su origen.
El vacío originado permitió ascender a nuevos jefes, que habían sido útiles en la
campaña de 1829 y eran adictos al gobierno generado contra los pipiolos.
Para mejorar el aspecto material del Ejército se normalizó el pago de sus haberes, la
provisión de vestuario y el servicio sanitario. En el rango Institucional, se separó la
Comandancia de Armas, que supervisaba las milicias, de la Inspección General. Se
reabrió el 19 de julio de 1831 la Academia Militar cerrada desde el 13 de febrero de
1819, bajo la dirección del coronel Luis Pereira Arguibel.
Durante el primer ministerio, Portales bregó por imponer al ejército la obediencia al
gobierno, y las conspiraciones que se sucedieron tuvieron vagas intenciones políticas y
especialmente de rencor de los oficiales dados de baja después de Lircay, entre las
que señalaremos:
La sublevación del capitán Tenorio, el cual estando recluido en la Isla Juan Fernández
el 20 de diciembre de 1831, secundado por el cabo Pedro Camus redujo al gobernador
y capturando un buque mercante norteamericano, se embarca rumbo a Caldera
saquea y arrasa la ciudad de Copiapó para luego huir a Argentina , siendo devuelto a
Chile. Fueron fusilados, junto a los soldados Martínez y Medina.
La conspiración de Arteaga, cuando a comienzos de marzo de 1833, el Sargento Mayor
Marcos Maturana informa al Presidente de la República de una conspiración a la cual
se le había invitado a participar, y en la cual estaban coludidos el ala extrema del
O'Higginismo, los Pipiolos y un grupo Pelucón minoritario, a los cuales liberaba el
Coronel de Milicias Francisco de Borja Fontecilla, sin embargo los jefes inmediatos
eran el Coronel Ramón Picarte; Teniente Coronel Joaquín Arteaga; Comandante del
Batallón Cívico Nº 2, el Coronel Ambrosio Acosta y los ex oficiales Erasmo Jofré, Justo
de la Rivera, Benito Domínguez y Juan de Dios Fuenzalida. El objetivo era derrocar al
General Prieto y reemplazarlo por una junta integrada por Francisco Ruiz Tagle;
Francisco Bilbao y Francisco de Borja Fontecilla. No obstante los alcances y gravedad
de la conspiración, la poderosa influencia del señor Ruiz Tagle, junto a la de otros
personajes comprometidos, logró hacer que la responsabilidad recayera sólo en los
militares involucrados, siendo sancionados con destierro solamente.
Como se comprenderá, los hechos sucintamente relatados, sin ser los más
importantes ya que hay otros de mayor trascendencia, como luego veremos, ponen de
manifiesto la escasa voluntad de justicia, que concebía la sanción sólo para los
ejecutores que eran considerados de menor cuantía, lo que constituía una permanente
incitación a la rebelión, haciendo ilusoria cualquier proyección institucional en paz,
orden y estabilidad.
Este rebrote de efervescencia de los vencidos de Lircay, más la división del partido
gobernante, indujeron a Prieto a llamar con urgencia a Portales para que tomase de
nuevo las carteras claves. Así fue como el 21 de septiembre de 1835, asume Guerra y
Marina y el 9 de noviembre del mismo año, además Interior y Relaciones Exteriores
dejando a don Joaquín Tocornal en la de Hacienda a la que Rengifo renunció por ser
partidario de una política moderada, entregando la cartera con el primer superávit
registrado en la historia nacional y quien echara las bases de la recuperación
económica de la nación mediante la reducción del Ejército, la supresión de empleos
públicos, la publicación de balances periódicos de la cuenta fiscal, decretando que todo
egreso fiscal fuera refrendado por el Ministerio de Hacienda; redujo el contrabando;
orientó la política económica al fomento del comercio con los países americanos y la
resurrección de la agricultura y minería. Tal política seguida por Tocornal permitió
sufragar los gastos de la guerra contra la Confederación con los ingresos ordinarios de
la nación.
Bastó la presencia de Portales para calmar a los inquietos y temerosos y tan firme
quedó el Presidente en su sillón que nadie osó discutir la conveniencia de reelegirle.
Iba a ser Prieto el primer gobernante chileno que se haya mantenido en el poder por
diez años consecutivos.
Pero este segundo quinquenio, del 18 de septiembre de 1836 al 18 de septiembre de
1841, debía señalar la más drástica etapa del régimen en su lucha con los enemigos
internos y externos del país.
Previo a ingresar en el período siguiente, séame permitido retrotraerme para señalar
que al iniciarse el gobierno del Gral. Joaquín Prieto el 18 de Septiembre de 1831,
Portales aceptó continuar sólo con la cartera Guerra y Marina, con la condición de que
se le permitiera residir en Valparaíso. Caso sin procedentes, demostrativo de la
necesidad que tenía el Presidente Prieto de contar con su consejo y protegerse bajo el
ala de su inmenso prestigio.
Para la tranquilidad del Presidente Prieto, la Guardia Nacional creada por Portales
contaba a la fecha con veinticinco mil hombres a lo largo del territorio y sus batallones
perfectamente armados e instruidos constituían un seguro de paz interna y que luego
sería reconocida por la Constitución del 33 como Institución Regular del Estado. En
abril de 1831 se extendió el nombramiento de Diego Portales como Teniente Coronel
de la Guardia Nacional.
Aún estando como gobernador de Valparaíso, a Portales, en los corrillos políticos todo
se le atribuía, tal era la sugestión de mando y superioridad que emanaba de su
persona. Cuando el General Bulnes partió de Chillán con una División de Ejército, para
enfrentar a los Pincheira (José), endosaron a Portales un plan que pertenecía a Prieto:
y al anunciarse la Batalla en Laguna de Pulau o Epulafquen (14 de enero de 1832),
que dio término a la Guerra a Muerte, alabaron al Ministro como si él hubiese dirigido
esa operación.
Por otra parte, acción notable que hacía don Joaquín Tocornal como Ministro del
Interior, fuese la creación de una cadena de liceos o el establecimiento de la cátedra
de medicina, la opinión pública daba por sentado que era obra de Portales.
A la Constitución promulgada el 25 de mayo de 1833, se le llama todavía "de
Portales"; en circunstancias que fue redactada y pronunciada cuando él no tenía cargo
ministerial, y toda su contribución había sido una que otra sugerencia a la asamblea
examinadora del proyecto, de la cual tampoco formaba parte. Cierto que las
disposiciones de la carta coincidían con lo que él quería hacer de Chile; una nación
respetable de ciudadanos respetados. Constitución destinada a mantenerse con ligera
modificaciones durante noventa y dos años, para asombro de América. Esta
"Constitución de Portales", sólo era portaliana porque sus redactores: Egaña,
Gandarillas y Bello, estaban portalizados. Característica muy fundamental de la
Constitución de 1833, fue sin duda la total adopción del régimen unitario de gobierno.
En lo militar la Constitución de 1833, estableció una clara subordinación de los
militares al poder civil, ella colocaba al mando superior, su organización y disciplina en
manos del poder ejecutivo; el control del Congreso Nacional sobre los grados
superiores; consagraba el principio de que los auxilios y provisiones deben ser
decretados por la administración regular y prohibía la intervención militar en asuntos
políticos; establecía la nulidad de los acuerdos tomados por una autoridad bajo la
presión de un Ejército o turbamulta.
Sujeción militar al mando civil que es afianzada con la Ley del Ministerio de Guerra de
fecha 1 de febrero de 1837, que define al Ministro respectivo como superior jerárquico
en la organización y administración militar; lo anterior ratificado en la Ordenanza
Militar del 25 de abril de 1839, y en la Ley de Régimen Interior de 1844, que consagró
al intendente como cabeza militar y Comandante General de Armas de la Provincia.
En consecuencia el Ejército, como un todo nacional carecía de un mando único
(Comandante en Jefe), y por lo tanto puede deducirse que los núcleos de tropas
establecidos en Copiapó, Valparaíso, Aconcagua, Santiago, Concepción y Valdivia,
dependían de sus comandantes locales bajo la subordinación de los comandantes
generales, o particulares de armas, vale decir de los intendentes y gobernadores.
Tales comandantes de armas eran normalmente civiles y para el despacho de sus
providencias militares, les eran asignados dos o más ayudantes del grado de teniente
coronel a capitán, según fuera la importancia de la guarnición. El Ministro de la Guerra
era quién aparecía como Jefe Superior del Ejército y sus relaciones con los
comandantes generales de armas eran permanentes.
El Inspector General, el más alto cargo en el Ejército, sólo tenía facultades inspectivas
y no de mando (Título XLIX Arts. 1 al 23 de la Ordenanza). La única organización
militar que aparece con comando propio era el Ejército del Sur que guarnecía la
frontera de Arauco.
Hay pues una 1ª Etapa (18111831)
donde existe el cargo de General en Jefe del
Ejército (Brigadier Carrera, José J. Prieto) y una 2ª Etapa (18311924)
que muestra la
existencia de la Inspección General del Ejército y la Comandancia General de Armas;
no hay mando unitario del Ejército. En una 3ª Etapa (del 19 de noviembre de 1924 al
27 de abril de 1931) se organiza la Inspección General del Ejército como Comando
Superior del Ejército, y en una 4ª Etapa (del 27 de abril de 1931 hasta ahora) se
establece la Comandancia en Jefe del Ejército.

El verdadero Diego P ortales
Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador
P arte 4
El segundo período ministerial de P ortales
Asesinato de Diego P ortales. Cuadro de Fray P edro Subercaseaux
Desde el primer instante de asumir el Ministerio de Guerra, el 21 de septiembre de
1835, y posteriores ministerios de Interior y Relaciones Exteriores, el 9 de noviembre
del mismo año, Portales vio dibujarse en el horizonte el conflicto armado con la
Confederación PerúBoliviana.
Fue el primero en advertirlo y el único en creerlo
inevitable; y ahí está la carta en que se refiere al Mariscal Santa Cruz: "Ese cholo va a
darnos mucho que hacer".
A pesar de las evidencias, los consejeros de Prieto seguían creyendo en la buena fe de
Santa Cruz y considerando descabellados los planes belicistas de Portales. Fue
menester que el encargado de negocios en Lima, Ventura Lavalle, comunicara los
aprestos y la salida de Freire para Chile, con los buques armados y financiados por la
confederación, para que en Santiago abrieran por fin los ojos. La información traída
por la goleta Flor del Mar, expresamente fletada, revelaba que Freire y un centenar de
chilenos se dirigían a Chile en el Bergantín Obergoso de cuatro cañones, y la fragata
Monteagudo, de doce, llevando en bodega veintitrés cajones de fusiles y carabinas,
proyectiles de artillería, pertrechos menores y dinero, para organizar una sublevación
y dar comienzo a la Guerra Civil.
Apenas salida la expedición del Callao, Santa Cruz envió a su diplomático en Santiago
una nota "calculada" para ser interceptada como
lo fuedesaprobando
altamente la
conducta de Freire, "como desaprobaré siempre lo que propenda a turbar el orden de
los estados americanos". Tal era el doblez y astucia del enemigo que Chile se había
echado encima.
Pero la jugada no engañó a Prieto, y el visionario Portales quedó dueño y señor de la
política exterior del país. Nunca tuvo tanto poder y prestigio como en esos días
cruciales, en que la clase dirigente volvió sus ojos hacia él, y el Presidente parece
haberle dicho: haga lo que quiera.
La "empresa criminal de Freire" así
la llamó O'Higginssalvó
a la patria de
convertirse en provincia de un imperio. Sin sospecharlo el eterno antiportaliano venía
a servir los fines de Portales.
A la altura de Valparaíso se amotinó la tripulación chilena de la Monteagudo, para
entregarla a las autoridades. Siete días después este buque salía al encuentro del
Obergoso, que ya se había apoderado de Ancud el 7 de agosto de 1836, lugar en
donde Freire cayó con sus cómplices cuando festejaba la efímera victoria.
Portales no esperó el resultado de esa operación naval. El mismo día del zarpe de la
Monteagudo, despachaba con destino al Callao al Bergantín Aquiles y la Goleta ColoColo,
que hasta la víspera constituían toda la Marina de Guerra de Chile. A cargo de la
misión iba el coronel Victorino Garrido, un español decidido e intrépido, y como
comandante del Aquiles y de la dotación de asalto, el capitán Pedro Angulo, ave de
presa en quién el Ministro había puesto su ojo certero. Objetivo de la incursión,
quitarle sus buques a Santa Cruz.
Sin mediar declaración de hostilidades, Angulo se apoderó el 21 de agosto de 1836, en
un golpe nocturno, de cuatro barcos que estaban amarrados al pie de los fuertes de
Callao. Echó a pique el que no le servía y sacó los tres restantes: la barca Santa Cruz,
la goleta Peruviana y el bergantín Arequipeño, sin causar una muerte entre las
tripulaciones, que encerró mientras dormían a pierna suelta y sin centinelas. El propio
Lord Cochrane no hizo nunca nada igual, y en la historia de país alguno se registra un
episodio semejante; arrebatarle media escuadra al enemigo para embotellarlo en sus
puertos y luego atacarlo con sus propias naves.
Este zarpazo mortal sorprendió a Santa Cruz el día en que se homenajeaba a sí mismo
con una brillante parada militar, y le dejó perplejo, humillado y hundido en el ridículo.
Su primera reacción fue llevar a la cárcel al encargado de negocios chileno don
Ventura Lavalle, lo que equivalía a echar leña a la hoguera. Los nacionalistas peruanos
bailaron de júbilo en las calles y congratularon a Victorino Garrido, cuando éste
desembarcó de uniforme para pasear por Lima y asistir al teatro... Después vendrían
los cambios de notas, las negociaciones y el tratado preliminar de paz GarridoSanta
Cruz, de fecha 28 de agosto de 1836, que Portales desautorizó y tiro al canasto. Lo
que cuenta es que Chile señoreaba ahora en el mar con una flota de siete unidades,
incluidas las dos quitadas a Freire, y, este vuelco de repercusión continental había
dejado sellada la suerte de la Confederación.
En rápida sucesión de medidas el gobierno chileno apartó los escollos y personas que
obstaculizaban el camino hacia el objetivo supremo. Hizo salir a Freire desterrado a
Australia, expulsó al diplomático boliviano Juan Manuel de la Cruz Méndez, obtuvo del
Congreso facultades extraordinarias y la autorización para declarar la guerra, con
fecha 9 de octubre de 1836.
En tales circunstancias el gobierno chileno comisiona como Ministro Plenipotenciario a
don Mariano Egaña Fabres, en ese entonces Fiscal de la Corte Suprema, quien se
dirige al Perú con la misión de exigir de Santa Cruz los requerimientos de Portales: el
reconocimiento de las cuentas del empréstito; los pagos de los gastos de la expedición
libertadora y la disolución de la Confederación.
Lleva en su delicada misión una escuadra al mando del almirante Blanco Encalada y
compuesta de los bergantines Aquiles y Orbegoso, la fragata Monteagudo, la corbeta
Valparaíso y la goleta ColoColo.
Las exigencias no fueron aceptadas por el Mariscal Santa Cruz y el 26 de diciembre de
1836, el Congreso Nacional ratifica la declaración de Guerra de Egaña.
El orden riguroso de las finanzas, obra de Rengifo fundamentalmente y Tocornal, iban
a hacer posible un nuevo milagro, sostener la campaña con las entradas y recursos
ordinarios del Estado.
Cierto que el ejército expedicionario sólo contaría con tres mil hombres, contra doce
mil del enemigo, pero Portales nunca se detuvo a pensar en la inferioridad numérica,
en la desventaja del clima, ni en la eventual defección de las tropas peruanas que
esperaba reunir. Su decisión era a prueba de consideraciones negativas, a prueba de
dudas, porque se fundaba en el más trascendental de sus sueños políticos, claramente
expresado en su carta al almirante Blanco Encalada: "La Confederación debe
desaparecer del escenario de América, y nosotros los chilenos debemos dominar para
siempre en el Pacífico"
Andrés de Santa Cruz, pequeño mestizo indoboliviano, de piel
cobriza y astucia de reptil había concebido el sueño delirante de
unir a los países andinos bajo la hegemonía precisamente del
más atrasado y anárquico de todos. ¡Menudo desafío para
Portales, el patriota que llamó a su tierra natal "la perla del
nuevo mundo", y en cuyo mar no debía tolerarse otros
cañonazos que los del saludo a su bandera!...
El Perú, primera presa del proyecto cesarista, había visto su
independencia ahogada en sangre y sus líderes nacionalistas
pasados por las armas. La Confederación PerúBoliviana
representaba una fuerza militar y naval cuatro veces superior a
la de Chile, y consciente de esta ventaja abrumadora el protector Santa Cruz había
dado comienzo a un plan de hostilidades económicas y políticas cuyo fin aseguraba
Portalesera
arrastrar a Chile a una guerra desigual. Opinaba que la confederación
iba a la guerra de todas maneras, porque Santa Cruz quería a todo trance la
restauración del Virreinato, sometiendo a Chile, Ecuador y el norte de Argentina, y no
toleraba, además, que Chile, hasta ayer dependiente del Perú, se levantara ahora
como el campeón del comercio en el Pacífico, con Valparaíso convertido en competidor
del Callao.
Es por ello que una de las primeras medidas de Portales al retomar el Ministerio de
Guerra y Marina fue: pedir a su colega de Hacienda, Tocornal, el financiamiento de
una escuadra que debía componerse de dos fragatas, dos corbetas, un bergantín y
una goleta.
El Congreso aprobó el gasto, pero no había tiempo de comprar o mandar construir los
buques... entonces la imaginación sobreexcitada del Ministro concibió el proyecto sin
precedentes, ya narrado, de la acción del capitán Pedro Angulo.
Mientras Portales asumía, sin una vacilación, esta gran responsabilidad en el frente
externo, no todo era color de rosa en el frente interno. La expedición de Freire, no
obstante su fracaso, alentó rebeliones en el norte, en el centro y en el sur. El veneno
de la propaganda insidiosa que tenían a su cargo los agentes de Santa Cruz, corroía la
unidad nacional. Don Juan M. de la Cruz Méndez, el activo personero del protector, no
se daba descanso y, protegido por sus inmunidades diplomáticas, se deslizaba en
periódicos o en tratos subversivos directos con integrantes del Ejército. Una vez es la
conspiración de los cadetes; otra el intento de asesinato del Ministro, que este mismo
frustra haciéndose personalmente presente en la casa de diversión en que se oculta el
sujeto elegido para ultimarlo; luego la conspiración de Hidalgo y Fontecilla, en la que
juegan su papel unas onzas de oro extranjero, que más tarde actúan en mayor
cantidad para producir una rebelión en el Ejército del Sur; y la conspiración
colchaguina con Arriagada, Barros, Grez y otros, que termina con un escarmiento
doloroso.
En los primeros años del gobierno de Portales se impone la disciplina social con
medidas administrativas o sanciones más espectaculares que severas. La
personalidad decidida, sin temores, del Ministro, sirve para dominar el ambiente y
mantener el orden; pero ya al final, enfocada sin remedio la guerra con el Protector, el
sentido de la responsabilidad toma en el Ministro un aspecto duro y a veces cruel.
Es así como a la ley que ordenaba ejecutar sumariamente a cualquier desterrado que
desembarcara en el país antes de cumplido su plazo, siguió una ley de facultades
extraordinarias extendida desde el 9 de noviembre de 1836 al 31 de mayo de1837,
que autorizaba al Presidente de la República "para usar de todo el poder público que
su prudencia hallare necesario...", base legal sobre la cual Portales dicta el 2 de
febrero de 1837 la llamada Ley de Consejos de Guerra Permanentes, que dejaba a
cualquier ciudadano ante la posibilidad de que una denuncia por sospecha de
conspiración pudiera conducirlo, en un plazo de tres días, a ser juzgado por un
tribunal dependiente del gobierno y condenado a la pena de muerte, sin apelación.
Fue en esas circunstancias que se tuvo en la capital noticias de una conspiración, que
aparecía muy distinta a las realizadas hasta entonces: comprometía al Círculo de
Oficiales que comandaban las unidades del Ejército de Sur, Vidaurre; Anguita, Boza y
otros. Su propósito era cambiar las autoridades militares, entiéndase el Ministro de
Guerra y el Alto Mando.
Como consecuencia de lo anterior Portales resuelve visitar a las tropas destinadas al
Perú, y que consistía en el Regimiento Cazadores Maipo al mando del sargento mayor
José A. Toledo, con 1.500 hombres, y un Escuadrón de Cazadores con 300 jinetes al
mando del sargento mayor Juan Manuel Jarpa Caamaño, estacionados en Quillota, y
cuyo Comandante del Cantón era el coronel José A. Vidaurre Garretón, mientras en
Valparaíso se encontraba el Batallón Valdivia, del cual con fecha 24 de mayo de 1837
había hecho entrega del mando el teniente coronel Ramón Boza al de igual grado Juan
Vidaurre "Leal" Morla, primo de José Antonio. Esta visita de inspección la realizaba en
compañía del coronel Eugenio Necochea; su amigo Manuel Cavada y una pequeña
escolta de caballería.
La comitiva, cuyo propósito era revisar el estado de fuerza y asegurar su fidelidad, el
día 2 de junio a las once de la mañana sale de Valparaíso en dirección a Quillota. Al
despedirse de Blanco Encalada, el Ministro de Guerra en tono de chanza, le había
dicho que olvidara los rumores sobre revolución de José A. Vidaurre. Aquella noche en
la comida, le obsequió una espada y una gorra militar. Al día siguiente, ante la tropa
formada en la plaza, Portales era apresado, con la decidida oposición del sargento
mayor Manuel García Banquera y Juan M. Jarpa; mientras el resto de los soldados
apoyaba la acción con gritos contra el ministro.
La forma en que estalló el motín era inédita en el país. Nunca antes se había
traicionado a una alta autoridad en medio de una revista militar.
A las 2 de la madrugada del día seis, se produjo el primer contacto de fuegos en Barón
entre las fuerzas de Blanco Encalada y el coronel José A. Vidaurre. En esos momentos
el drama alcanzaba los perfiles de la tragedia esquiliana: en un lugarejo denominado
Quebrada de Cabritería a las 3:15 Portales era ultimado a bala y bayoneta, por el
sanguinario Capitán Florín.
Sobre este fondo, oscuro y de variable consistencia, se cernía una serie de razones,
las que aparecen claramente indicadas en el texto del acta solemne que, firmada por
63 oficiales, los amotinados levantaron y dieron a conocer. Ellos querían restablecer
la libertad, poner fin a la persecución contra los militares y suspender la expedición al
Perú, la que estimaban condenada al fracaso por su escaso contingente, al paso que
juzgaban esa guerra como obra de la intriga y tiranía de Portales.
Y es así como el día 3 de julio el Consejo de Guerra de Tabolengo pronunció sentencia,
y el miércoles cuatro, fueron bajados del buque "Teodoro", que les servía de presidio,
los ocho condenados a muerte. En la Plaza Orrego de Valparaíso, actual Victoria,
estaban instalados los banquillos, y el pueblo reunido alrededor. Se había dispuesto la
horca para los sentenciados, pero no se encontró verdugo que aceptase el cargo. Se
decidió fusilarlos, y en orden jerárquico tomaron asiento: el coronel José A. Vidaurre
Carretón, el mayor José A. Toledo, el mayor Narciso Carvallo (destituido por el coronel
M. Bulnes en 1836), el mayor Raimundo Carvallo (ambos Carvallo yernos de
Vidaurre), el mayor Daniel Forelius, el capitán Santiago Florín Palma (hijastro de
Vidaurre), el capitán Carlos Ulloa, y el teniente Luis Ponce.
Se dispuso se colocara en la plaza de Quillota la cabeza de Vidaurre clavada en una
pica y la de Florín en el camino público, enfrentando el lugar donde fue capturado y su
brazo derecho en el lugar (Cabritería) donde asesinó al Ministro.
Días después, en La Serena eran fusilados los capitanes Ramos y López.
También fueron condenados a muerte los capitanes Juan J. Drago, José M. y Domingo
Díaz y Luciano Piña; los ayudantes Francisco Ortiz y Manuel Sotomayor; y los
subtenientes Manuel Muñoz Gamero, Pedro Robles, Domingo Hermida, Pedro Arrisaga,
Francisco Salamanca, José A. Campos y José T. Ahumada. Pasando por sobre la ley,
se hizo la consulta del caso al gobierno respecto a estos oficiales y el General Prieto
les conmutó la pena por las de destierro y confinación.
La influencia posterior de Portales sobre el Ejército fue interesante: no sólo se
continuó la guerra que él impulsara, sino que su tercera expedición, el 15 de
septiembre de 1837, se realizó con los hombres que él había pensado: Manuel Blanco
Encalada y Antonio de Irisarri en calidad de plenipotenciario (en el hecho asesor del
Comandante). Sólo la cuarta y exitosa se integró con los oficiales del grupo
penquista, próximo al Presidente (sobrinos), y de simpatía o'higginistas, a los cuales
Portales siempre había mirado con suspicacia, como Manuel Bulnes Prieto y José María
de la Cruz Prieto. Su triunfo aseguró la vocación profesional del Ejército y abrió una
etapa de confianza nacional, que superó la división entre conservadores y liberales y
permitió asegurar el principio de gobierno constitucional por el cual Portales había
muerto.
Hasta aquí la síntesis del relato del General Barros.

El verdadero Diego P ortales
Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador
P arte 5 y final
Síntesis de su Obra y su Muerte
Restos momificados de Diego Portales encontrados en la Catedral Metropolitana
Algunas personas han señalado que Diego Portales fue un dictador y encabezó un
gobierno autoritario, no siendo acreedor por esta circunstancia de ningún honor o
reconocimiento. Sin embargo, resulta indiscutible el rol de organizador de la república
que le cupo al insigne ministro, y los que lo critican hoy condenan sus métodos pero
silencian los grandes beneficios que su accionar trajo a Chile. Ello resulta
particularmente cierto al comprobar cómo se puso término a un período de anarquía
en que los gobiernos se sucedían con alarmante frecuencia, en tanto que el bandidaje
dominaba la región sur del país.
En este sentido, puede sostenerse con propiedad que la gestión de Portales fue
exitosa porque logró lo que se proponía y ello benefició a la nación. Portales señaló
que el más alto honor al que puede optar un ciudadano es servir al Estado, y debido a
ello no cobró sueldo en su desempeño ministerial. ¿Podría sostenerse hoy con el
criterio portaliano que los políticos actuales son profitadores del Estado o individuos
sin honor, ya que cobran remuneración por realizar su función pública? ¿Se puede con
el criterio de hoy juzgar las circunstancias de ayer, en que sin una autoridad fuerte
pero justa no se habría logrado poner orden en un país que marchaba al caos y donde
era imposible realizar cualquier actividad con un nivel mínimo de éxito?
Las que anteceden son expresiones del historiador Oscar Mery.
Ahora bien, señalé anteriormente que Portales murió en Valparaíso, y la mejor y más
sucinta descripción del alevoso crimen la ha hecho González Colville, a quien extracto
y anoto que Portales fue fusilado en la madrugada del 6 de junio de 1837 por orden
directa del capitán Santiago Florín, en medio de los acontecimientos revolucionarios de
esa época, a que me he referido más arriba.
Relata cómo fue bajado Portales del birlocho donde se le conducía prisionero junto a
Manuel Cavada. Este último, al descender del coche, huyó hacia el mar y fue muerto
de un certero disparo por un sargento de apellido Espinoza. Luego Florín ordenó
formar a seis soldados en pelotón de ejecución. Debió repetir dos veces la orden de
fuego ante las dudas de sus subalternos. Uno de ellos se acercó al ministro y afirmó el
cañón del fusil en su mejilla izquierda. Como Portales hiciera un movimiento instintivo
para apartar el arma, el disparo le llevó el dedo anular izquierdo y la parte inferior de
la mandíbula. Esto se aprecia claramente en los restos encontrados.
De acuerdo con el protocolo de la autopsia que le hiciera el médico francés Cazentre,
un segundo balazo penetró por la parte posterior del tronco, dentro del hueco
escapular derecho y fue a salir por la parte interna de la articulación escápulohumeral
derecha del mismo lado, dos pulgadas bajo la clavícula, despedazando la parte
posterior del pulmón derecho y rompiendo tres costillas. Luego se le remató a
bayonetazos, constatándose 35 heridas de este tipo, de las cuales una tocó el corazón.
El cadáver fue desnudado y quedó tendido en el campo, donde manos piadosas lo
cubrieron. Allí lo encontraron al día siguiente fuerzas leales al gobierno. Fue llevado a
una quinta cercana donde Portales habitaba en sus viajes a Valparaíso. Allí el ya citado
Dr. Cazentre embalsamó los restos. Esa misma tarde, vestido con su traje de coronel
de milicias (que aún se observa en los restos) fue conducido a una capilla ardiente en
la iglesia matriz del puerto. El Dr. Cazentre extrajo el corazón al ministro, el cual fue
dejado en Valparaíso, a pedido de la Municipalidad.
El 7 de junio, el Gobierno, mediante decreto, dispuso el traslado de los despojos a
Santiago. El cortejo partió bajo intensa lluvia escoltado por soldados del Valdivia, el 13
de junio. Entró a Santiago por la Alameda en la mañana del 14. Los grillos que se
pusieron en los pies del malogrado ministro iban junto al féretro. Los restos quedaron
para veneración pública en la Iglesia de la Compañía. Se celebraron varios oficios
religiosos. Mientras se construía el mausoleo de mármol que dispuso una ley del
gobierno, la urna quedó, provisoriamente, en la Recoleta Dominicana. Un año después
y
siempre en espera de la tumba definitiva en el Cementerio Generalfue
llevada a la
Catedral, siendo sepultada "al pie del presbiterio hacia el
lado norte, en la nave principal".
Hasta aquí la síntesis de González Colville.
Es innecesario decir que el "soberbio mausoleo" nunca se construyó y ello fue la causa
de que jamás se instaló la lápida definitiva sobre su féretro. Actualmente se ha
dispuesto que los restos de Portales queden definitivamente en la misma Catedral
Metropolitana, donde en su reemplazo se ha comenzado a construir la que se llamará
''Cripta de los Civiles'', y que cobijará también los restos de otros distinguidos
próceres que en su momento fueron sepultados en el referido templo.
Personalmente creo que lo único que procede y
espero que algún día se haga
realidades
el cumplimiento de la ley que se encuentra pendiente, sin haber sido
derogada, y que dispone la construcción de un solemne mausoleo de mármol, para
que la Patria honre así debidamente al verdadero organizador de su institucionalidad
republicana.